Cuántas veces he caminado
por la arboleda en pos de una explicación esquiva, de una comprensión nueva a
un problema antiguo… Mis paseos por este camino de arena han sido casi más
significativos en mis investigaciones que los cientos de cartas que he
intercambiado con tantos caballeros de todo el mundo. Me han despejado la
mente, me han sacudido las ideas y me han dado una paz física y espiritual que
ha rehecho mi cuerpo y mi pensamiento atormentados.
Hoy hace sol,
después de varios días de lluvia. Aunque el tiempo es fresco, la luz y el calor
del astro rey nos reconfortan. A pesar de las quejas de mi querida Emma, he
salido con las niñas para que les dé el aire libre. Annie lo necesita más que
nadie en la familia; Etty necesita seguir a su hermana mayor, como casi
siempre. Se han parado a unos metros atrás, explorando los márgenes. Me encanta
observarlas: Annie concentrada en lo que sea que observe; Etty, concentrada en
su hermana, siguiendo la jerarquía natural en los seres vivos.
A menudo pienso que
debería escribir un tratado sobre el comportamiento humano. Con los años, he
recolectado centenares de notas sobre lo que he observado en mis propios hijos.
Sin embargo, Huxley insiste en que prosiga en mis averiguaciones sobre la
herencia con modificación y que no pierda el tiempo en especulaciones “inútiles”.
No me lo parecen tanto. Cada vez estoy más convencido que en la naturaleza todo
tiene relación en el plan del Creador.
Las niñas se
acercan a paso ligero. Annie lleva en sus manos un objeto desconocido. Cuando
llegan hasta a mí, me lo muestra. Es un polluelo gris, a duras penas emplumado,
seguramente de un grajo.
—¡Mira, papá, habrá
caído del nido!
El animal parece
muy débil. A pesar de sobrevivir a la caída, habrá pasado la noche al raso y
tiene un ala rota y no me cabe duda de que vive sus últimos instantes de vida.
Las niñas me miran ansiosas, como si fuera un dios griego que pudiera insuflar
vida a tan frágil criatura.
—¡Tienes que hacer
algo, papá! —Etty siempre ha sido más vehemente. Su hermana mayor me observa,
inquisitiva.
Solo se me ocurre
esperar a que ocurra lo inevitable y darle un buen sepelio.
—No se puede hacer
nada. Seguramente, en su estado, de nada serviría devolverlo a su nido; eso si
lográramos alcanzarlo.
—¿Cómo pueden
abandonarlo sus padres?
—Son las leyes de
la naturaleza, Etty. Ellos son incapaces de transportarlo a su hogar y si se
quedaran con él para protegerle, deberían abandonar a los polluelos que sí
pueden sobrevivir.
—No me gustan esas
leyes.
Me lanzo a
formular, de una forma que intenta ser comprensible para ellas, los enunciados
de la teoría del Sr. Malthus sobre el crecimiento de las poblaciones.
—¿Así que algunos
deben morir para que otros puedan sobrevivir?
Sonrío ante la gran
perspicacia que, como siempre, muestra Annie.
—Exactamente,
cielo.
—¿Como la pequeña
Mary?
Ella no la
recuerda, claro está, pero el espíritu de nuestra segunda hija sigue
sobrevolando la casa.
—Los designios de
Dios no son los mismos para los hombres que para las bestias.
No parece el mejor
día para hablar de la muerte. La observo y no parece muy convencida. Aunque
parece bien abrigada, empiezo a pensar que Emma tenía razón. Tiene las mejillas
blancas como la leche y la respiración agitada. Tose ligeramente.
—Quizá debamos
volver a casa. Podéis llevar al polluelo y dejarlo en la cocina. Quizá con el
calor se rehaga un poco. Y vosotras también.
Volvemos en
silencio, a paso ligero, hasta Down House. Emma nos espera en la puerta. Annie
le muestra el polluelo, lo que provoca que se le arrugue el entrecejo. Siempre
piensa que dejo a las niñas demasiado libres. No puedo evitarlo. Y menos con
Annie.
—Annie y Etty
Darwin será mejor que entréis, os quitéis esas prendas húmedas y os calentéis
en la chimenea.
Las niñas corren a
obedecer a su madre.
Luego se gira hacia
mí.
—Charles, he
encontrado esto.
Me muestra un
pequeño pañuelo con las iniciales A.D. bordadas. Tiene una mancha roja.
—Lo había escondido
en la caja de los juguetes.
—No quiere
preocuparnos.
—Debemos hacer
algo.
—Hoy mismo le
comunicaré al doctor Gully que llevaré a Annie conmigo a su clínica.
—Quiero ir con
vosotros.
—Emma, debes cuidar
de nuestros otros hijos. Y en tu estado…
Ella se acaricia el
vientre prominente.
—Cuídala por los
dos.
Me besa en la
mejilla y se retira al interior de la casa.
Yo me quedo allí,
contemplando el sol primaveral bañando el verde de los prados. Las primeras
flores saludan el cambio y los grajos y otras aves dibujan arabescos en el
cielo azul.
Pero el sol no
ilumina mi corazón.
Molly, la cocinera,
aparece en la puerta.
—¿Qué hago con
esto, señor?
Me muestra el pajarillo
que, claramente, ha pasado a mejor vida. Recojo el pequeño cuerpo que casi no
pesa en mis manos. Les pediré a las niñas que elaboren un pequeño recordatorio
y luego lo enterraremos en el jardín.
Contemplo de nuevo
la arboleda que esconde el camino de arena y esta vez no encuentro allí ni explicación ni consuelo alguno. Espero que el pajarillo no sea un mal presagio y que
nuestra pequeña Annie esté en mejores manos que las mías. No le pido nada a un
Dios que cada vez me parece más lejano.
Ya lo hará Emma por
los dos.
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Annie Darwin (Creative Commons) |